Esta noche el césped no duerme.
Hay una sombra tendida sobre la hierba,
un reloj que ha perdido sus agujas
y un balón que, sin saber por qué,
ha dejado de buscar los pies.
Alguien abrió una puerta hacia la mañana
y la mañana no llegó para todos.
¡Ay, qué pequeña se vuelve la vida
cuando la muerte pronuncia un nombre!
Una madre tendrá que aprender
a escuchar los pasos que ya no regresan.
Una habitación conservará su desorden,
una camisa seguirá esperando en la silla,
y habrá un teléfono que nadie se atreverá a apagar
por si todavía llama quien ya no puede llamar.
No hay palabra que devuelva una respiración.
No hay abrazo que negocie con la ausencia.
A quienes hoy recogen los pedazos de una casa
donde falta alguien,
que les alcance nuestro silencio,
que les alcance nuestro abrazo,
que ninguna noche les haga creer
que lloran solos.
Y al otro lado de esta misma desgracia,
un hombre también tendrá que cerrar los ojos.
Quizá vuelva una y otra vez a aquella jugada,
al segundo que se hizo demasiado largo,
al instante que ahora pesa más que una vida entera.
Que no le falte una mano sobre el hombro.
Que no le falte un lugar donde respirar.
Que el dolor no lo convierta en una condena
antes de que hablen los hechos.
Porque también hay heridas que no sangran,
pero se sientan contigo a la mesa,
te acompañan hasta la cama
y te despiertan cuando la casa está en silencio.
Y afuera, qué feroces se han vuelto algunas bocas.
Desde sus pequeñas ventanas de cristal
arrojan piedras contra un hombre
que quizá tampoco sabe cómo regresar a sí mismo.
Le llaman con nombres que no conocen su historia,
le escriben sentencias desde habitaciones lejanas,
confunden la rabia con la justicia
y el castigo con el consuelo.
Pero ninguna familia recupera a un hijo
porque otra persona sea destruida.
Que se investigue.
Que se esclarezca.
Que cada hecho encuentre su verdad.
Pero que nadie tenga que morir dos veces:
una bajo el peso de la desgracia
y otra bajo las manos de una multitud.
El fútbol nació para juntar cuerpos distintos
alrededor de una misma esperanza.
Para que un muchacho de cualquier tierra
pudiera correr detrás de un sueño
sin preguntar de dónde venía el otro.
Hoy esa esperanza tiene los cordones desatados.
Hoy los vestuarios guardan una tristeza
que no cabe en ninguna alineación.
Hoy hasta el silbato parece pedir perdón.
Y nosotros, desde esta orilla de palabras,
no tenemos medicina para el destino,
ni poder para desandar el minuto,
ni una puerta secreta para devolver lo perdido.
Tenemos solamente esto:
la voz que no se vende al odio,
la mano que no abandona al que sufre,
la memoria que pronuncia con respeto
el nombre de quien se ha marchado.
A la familia, nuestro abrazo más hondo.
A quienes lo amaron, que el tiempo sea piadoso.
A Owono, fuerza para atravesar esta noche
sin que el ruido del mundo le robe la humanidad.
Y que cuando vuelva a rodar el balón,
nadie olvide lo que hoy nos ha enseñado el silencio:
que detrás de cada camiseta hay una madre,
detrás de cada dorsal hay una historia,
detrás de cada hombre hay una vida
que no debería convertirse en piedra
en las manos de los demás.
Esta noche no hay vencedores.
Solo una familia que despide,
un hombre que necesita sostenerse
y un campo donde la hierba
tardará en olvidar.
Que descanse quien se ha ido.
Que encuentre amparo quien permanece.