Cierro los ojos y escucho un tren que no existe, sus vagones llevan mis recuerdos en llamas, mis sueños rotos son el humo que se disipa antes de tocar la piel del mundo. En la estación del olvido nadie me espera, ni la risa, ni el amor, ni siquiera el perdón. Solo yo, caminando sobre relojes rotos, cada tic un puñal, cada tac un eco de mi carne. He escrito cartas que jamás se enviarán, las firmé con lágrimas que saben a ceniza, y las quemé para que el viento aprendiera cómo se quiebra un corazón sin pedir permiso. Y aun así, algo late. Un animal extraño, salvaje y silencioso, que mastica la noche y vomita luz sobre mi pecho, diciéndome que la muerte no tiene la última palabra, que incluso entre los escombros de mi alma hay un hilo que grita, desafiante: “Resiste, aunque todo sea ruina.” Y entonces, sonrío. Porque he aprendido que el dolor es una llave, y que la belleza más profunda no se encuentra en los jardines, sino en las grietas donde sangra la vida. TREN D...